ROBERTO CLEMENTE, EL «COMETA DE CAROLINA»

ROBERTO CLEMENTE, EL «COMETA DE CAROLINA»

ROBERTO CLEMENTE, EL «COMETA DE CAROLINA»

Con su prematura desaparición a los 38 años, y mientras aún estaba activo en las Grandes Ligas, con tres mil hits (440 dobles, 166 triples y 240 jonrones), doce guatas de oro, dos anillos de la Serie Mundial y una placa en el Salón de la Fama de Cooperstown, Roberto Clemente ya había sumado todos los méritos necesarios para ser la leyenda más grande del béisbol latinoamericano en toda su historia.

Nacido en el humilde seno del barrio San Antón, en Puerto Rico, Roberto era el menor de siete hermanos. Desde joven mostró una gran pasión por el béisbol. A muy temprana edad sabía que había nacido para ser el mejor. Apenas con 17 años, llamó la atención de la liga norteamericana cuando hacía parte de los Cangrejeros, un modesto equipo puertorriqueño. Su carrera empezaba a destellar. Dos años después, Clemente ya había firmado su primer contrato con los Brooklyn Dodgers.

En sus primeros años en la liga americana, su talento no parecía ser suficiente. Aunque era un notable jugador, se percibía una censura en su contra por ser latino; recibía pírricos reconocimientos en la prensa en un tiempo donde se creía haber superado la barrera racial. Pero con el paso de los años, Clemente cobró fama por su feroz orgullo y por su capacidad para portar una identidad latinoamericana que asumió y llevó a cabo con un encanto admirable. Se sirvió de su actitud contestataria para luchar por la igualdad de derechos y oportunidades para todos los jugadores latinos.

Roberto jugó casi toda su carrera junto a los Piratas de Pittsburgh en la Liga Nacional, venciendo a los Yankees de Nueva York en siete ocasiones. Para 1971, ya había ganado el Clásico de Otoño junto a los Piratas en siete encuentros y fue destacado por los directivos de la Liga como el jugador más valioso de la serie. Un año después, viajó a San Juan para dirigir la selección nacional de Puerto Rico, que habría de participar en un campeonato amateur en Nicaragua. Al final del certamen, el equipo ganó nueve de quince partidos, posicionándose en el sexto lugar.

El espíritu filantrópico que siempre caracterizó a Roberto brilló en diciembre de ese año, luego de conocerse que veinte días después de acabada la liga, un terremoto de magnitud 6.2 destruyó casi en su totalidad a Managua y dejó cerca de diecinueve mil muertos. A toda costa, buscó donaciones de alimentos y medicamentos para auxiliar a los más de veinte mil heridos que dejó la catástrofe, y él mismo se ofreció con insistencia para ir a entregar las ayudas. Con todo listo, el avión partió rumbo a Nicaragua.

Cerca de las diez de la noche, el avión presentó fallas técnicas y se vino a pique, hundiéndose en las aguas del Caribe por consecuencia del sobrepeso en la zona de carga. La triste noticia no se hizo esperar y su estrepitosa desaparición conmocionó al mundo. En su natal Puerto Rico, con el propósito de mantener viva su memoria, se erigió un cenotafio en el que se destaca la figura de Clemente sosteniendo un cordero en el panel central, acompañado de la frase «Hijo de Carolina, ciudadano ejemplar, atleta filántropo, maestro, Héroe de las Américas y del mundo». Hoy, su legado brilla refulgente en la constelación de las más grandes estrellas de béisbol.